Otoño prematuro

Agosto madrileño, otoño prematuro. 

A pesar del sofocante calor peguntoso, 

los árboles se despojan de sus hojas 

y, van a caer, sobre el asfalto. 

Una ciudad sin hijos 

es como un cuerpo amputado. 

Puedes decir que exagero. 

Que nadie pertenece a nadie. 

Que estamos aquí de paso. 

Pero, en esta tarde gris,

donde tomo autobuses al azar 

en avenidas cualquiera,

el contacto con ellos se echa en falta. 

Que los hijos no son las hojas caídas de un árbol. 

Que son propietarios de su propia parcela de vida.

Camino por un barrio blanco y 

me siento en lo hondo de una emoción 

que ahoga, 

pero que no va a ser eterna. 

Dispuesto a desmontar otro lenguaje,

recorro esta ciudad a oscuras,

interrogado alguna vez por la luz de una farola,

la voz de un transeúnte herido por la vida,

o de una turista extraviada. 

La noche no tiene piedad,

pero me muevo bien dentro de sus márgenes. 

He mirado de frente al exterior y, con seriedad,

 a mi interior. 

Poco más puedo hacer, por hoy. 


Comentarios