En aquel verano azul y gris de la pandemia

 En aquel verano azul y gris de la pandemia, 

la ciudad se volvió más pura 

y, al mismo tiempo, todavía más oscura. 

Descendíamos a los infiernos cosificados 

del tren subterráneo 

con el gesto mecánico y sombrío 

del que conoce una tarea de forma milimétrica

y, al mismo tiempo, la rechaza por ser demasiado tediosa. 

En el túnel de una catástrofe, había que recordar que

la gran crisis había comenzado años atrás,

y ésto no era más que el principio de un agravio mayor. 


Los niños y niñas abandonarían las escuelas básicas en el tiempo venidero.

Las gentes hacían colas en las plazas cercanas a los puestos de recogida de alimentos,

mientras la "civilización" dejaba caer otro eslogan esnob

para entendidos en los grandes periódicos y en la radio. 


Eran aquellas ideas parte de un deseo de que las cosas 

siguieran como hasta ahora, sin plantearnos un cambio de paradigma.

Asistíamos como parte de una contracultura, 

al desfile de un rey sin mérito rumbo a lujosos destinos 

donde le esperaba una vida de abundancia 

al margen del peso de la ley. 

Los servicios públicos eran cada vez más privatizados.

Las enfermedades las curaban los curas, al parecer.

La hoja en cuadrícula que utilizábamos en el cuaderno, 

exigía que, como efecto de una transformación geométrica,

se sustituyeran los cuadritos por largas líneas interminables e infinitas,

con palabras de diversos significados. 

Era Agosto y llovía, como en otras ciudades del Norte, 

en las que la tormenta no era un visitante inesperado. 

En la quietud tras la descarga eléctrica,

el aire era más puro. 

¿Éramos una comunidad? 

¿Qué habíamos aprendido como tal? 

¿Dónde reside el cambio de paradigma? 

En aquel verano azul y gris de la pandemia, 

el ser humano no había mejorado:

se había envilecido. Todavía más, si cabe.

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