Sería pretencioso ser reconocido
entre la muchedumbre.
Es más, casi sería propio de un demente.
Ausentarse durante tanto tiempo
- ya van veinte años -
y, sin embargo, ser reconocido por la gente.
No soy un espectro que deambula por las calles céntricas.
Soy la versión evolucionada del yo-anterior.
Pasan los años,
y el edificio de metal va alcanzando nuevas alturas.
Desde el rascacielos del presente,
estoy cada vez más en contacto con el asfalto.
Granada, ciudad extraña, ciudad lejana,
ciudad desierta por la que camina
el yo-actual del presente.
Sería pretencioso ser aplaudido
por las presencias de otra época.
Es más, casi sería propio de un demente.
Hay vínculos que, si alguna vez existieron,
se rompieron como vasos de cristal
que caen de la bandeja de un camarero.
Es abril, pero parece enero.
Constelaciones de flores
crecen silvestres junto a la ribera del Genil.
No llueven flores de azahar,
y en la mesa del salón de té,
nada se deja al azar.
Decir adiós duele,
de la misma forma en que se arrancan
lágrimas en una estación
o se agita la mano desde el ventanal del autobús.
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