El mar de la infancia

 En un viaje al sur, 

me reencuentro con el mar de la infancia. 

Al sur del sur hay otro sur.

Con sus olas lentas que traen la espuma del recuerdo. 

No voy solo y no quiero contar sólo mi perspectiva. 

Por eso, ajusto las palabras a la frase, 

de la misma forma 

en que construyo un verso. 

El niño que se convierte en hombre y en padre. 

¿Parece un tema habitual?

En el recorrido, no es necesario fabricar un escenario 

ni hacer toda una campaña de propaganda

para mostrar un mensaje oficial. 

El ser que era, ya no es. 

La esencia no es del todo invariable. 

Tras... 

Cientos de kilómetros más tarde,

cientos de minutos más tarde,

cientos de vivencias más tarde...

El niño que era,es ahora,

un producto contemporáneo definido

a sí mismo con sus aciertos, sus errores y sus contradicciones 

bien establecidas. 

Un padre vigilante de un joven hombre que avanza

a tientas, lenta, sigilosa, humildemente. 

Los días se nublan, por momentos. 

El mar trae ese tono gris de roca inexpugnable,

que nos hace invocar a la idea, 

de que el reconocimiento de nuestra fragilidad

nos hace fuertes. 

La nube de ayer 

es el sol justiciero que se retuerce en las esquinas 

de las calles de esta ciudad costera. 

Una discusión puede ser la base 

de un entendimiento futuro. 

El mar propone entonces toda una dialéctica.

Caminamos como en espiral, 

y buscamos una proporción sin querer que sea áurea. 

Los viajes de regreso nos reconcilian 

con la jungla de asfalto, su laberinto casi infinito de calles 

y cerramos el paréntesis del mar de la infancia. 


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