Las tardes de domingo
siempre me parecieron espacios melancólicos.
Pasarelas que buscaban el atardecer
- bajo el sonido -
de tranvías lentos.
Siempre en dirección a casa...
Pero...
¿Dónde está ese lugar?
Debe ser un espejismo, una ilusión óptica,
pues...
He inventado
lugares.
He fabricado imágenes irreales
sobre personas de carne y hueso.
He deseado y conseguido
construir fantasías
sobre los caballos alados de la infancia,
que desbordan velocidad y aceleración,
como artefactos mecánicos.
He mordido el polvo,
sin quererlo,
en parques pavimentados
diseñados por el urbanismo municipal,
espacios de ocio irreconciliable
mezcla de técnica y hermetismo.
Tras tanto caminar:
Mi cuerpo es mi casa.
Mi mente es mi hogar.
Quiero lavar mi casa,
deseo cuidar mi hogar.
Viento a contracorriente.
Surgen versos tras los matorrales.
El caracol saluda al niño.
La flor empieza a morir tras ser arrancada
del suelo
y ser convertida en mercancía
para obsequiar a emperatrices de Egipto.
Las tardes de domingo
son como penínsulas,
tierras alargadas rodeadas de mar
y, en su extremo, la conexión con
tierras sin puerto ni mar.
Largas llanuras, interminables valles,
ríos, lagos de montaña.
El corazón late lento
en tierra de nadie
y, la nostalgia pesa,
como una enfermedad crónica
a punto de volverse a manifestar.
En el momento presente,
salta una palabra de aliento,
y la esperanza susurra:
No te rindas.
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