Frío en la piel

 Frío en la piel 

y frío en mi corazón,

del que brotan ráfagas 

de fuego. 

Aprendimos a trompicones 

a soportar 

el gélido viento de diciembre,

las tormentas de nieve,

y las despedidas

en los andenes del tren

para proseguir la tarde,

cada cual en su faena,

cada cual en su retícula. 

Resbalamos 

como patinadores 

sobre el hielo.

Aquel castillo de naipes 

ya se desmoronó hace tiempo.

Sin embargo,

aplazas, postergas, te refugias,

dices que no te entiendo...

Que tu vida es complicada,

que a mí me va bien en este desierto.  

Crees que en este juego , en el que andamos 

- según Gelman -,

es uno inofensivo 

en el que las palabras son puñales de plástico

y los sentimientos son balas de fogueo. 

Si no te entendiera, 

no te aguardaría,

en la estación, 

para recoger tus pétalos de hiel 

sobre el asfalto

y hacer con ellos,

sencillamente lo que voy pudiendo. 

Tejer, tal vez, un cordel imaginario 

bien largo

que me una a tu cuerpo,

con trozos de naranja,

para motivar la sonrisa. 

Con una pizca de llama,

que ardan tus ojos 

y se conecten con los míos, 

que traen la llama instalada,

para construir una cultura mestiza 

y sin prejuicios.

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