La nada invasiva

Cuando alguien escape, 

intentando acumular abundancia, 

no lo detengas. 

Más cuando, todo un ejército 

de argumentos, reflexiones y silogismos,

no es capaz de detenerlo. 

Más cuando, la nada invasiva,

es decir, la nada inmaterial, que no es cristal,

ni tiene forma,

no termina por convencerlo. 

Sólo tenemos alguna certeza de lo que sabemos 

hacer bien. 

Sólo sabemos, que no siempre, lo que hacemos bien, suma. 

La vida tiene su propia aritmética. 

Sus propias operaciones, sus propios signos de puntuación,

su métrica, y sus renglones, que escapan,

las líneas del margen del folio. 

Como si leyera un tratado de filosofía barata,

comprado en Tiger o en Ale - Hop,

postulo la invisibilidad de los cuerpos. 

Somos cuerpos transitorios que se mueven en el espacio-tiempo,

y, que según, la luz que nos refleje esa tarde,

somos invisibles para otros cuerpos. 

Sin embargo, es preferible el desprecio del depredador,

a su caricia. 

Pues, hemos visto: geometrías irregulares e hipertrofiadas 

junto a una barra, 

con carcajadas, bocinas de días de fiesta y mascaradas. 

Karenina lo dijo claro: pues hay una fuerza mayor que el amor 

y es el interés. 

En la gran jungla de asfalto, 

los cuerpos se asocian a otros cuerpos para formar burbujas,

moléculas humanas y que se mueven de forma caótica,

lobbies que navegan por el fluido subterráneo 

dejando restos de alquitrán. 

La nada invasiva, el constructo de los que no poseen nada, 

poco puede hacer, frente a depredadores y ambiciosos.

Aunque, puede plantear un artefacto para resistir y sobrevivir 

en un mundo de transacciones - financieras y afectivas. 

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