El rey quinqui

Cuando lo quisieron condenar a "veinte años y un día

de estudios y trabajos forzados", 

volvió a su casa, 

se encerró en su cuarto,

y empezó a sacar casettes 

de sus estuches 

y a destrozarlos. 

Adoraba aquellos grupos del hip hop de moda 

de los 90 y posteriores. 

Su reino por un deportivo, unas nike y unas gachises postura

Sin embargo, 

la lluvia caía lentamente sobre 

su ciudad compuesta 

por algunas dudas,

deudas y problemas de conciencia.

Tras la máscara del inexpugnable, yacía el ser humano 

de casi siempre. 

Un adolescente con carencias afectivas, 

con problemas serios de conducta, 

con escasez de límites en el hogar. 

Afrontaba la vida a golpes 

y creía, como creen muchos torpes, 

que gana el que reparte hostias como panes 

y deja al otro convaleciente y herido. 

En el boxeo, no solo se ha de saber golpear. 

Es más, se ha de saber esquivar y encajar. 

A los años, pasea por el barrio, 

con un sombrero de ala ancha y una gran pluma. 

Parece el emisario del Marqués de Carabás, 

pero sigue siendo el mismo niño herido,

que se mira en el espejo 

de otros niños heridos 

y le molesta comprobar el dolor ajeno y el propio. 

Por la avenida, 

fardar con una moto. 

Ser el más chulo en la discoteca. 

No hay nadie quien lo supere. 

Los colegas, auténticos hermanos. 

La soledad, innecesaria.

El Jaro y el Vaquilla son personajes lejanos. 

En su monarquía de barrio, 

la calle es religión 

y, la amenaza o la afrenta, 

el pan nuestro cotidiano.

Salir ileso es raro.

Al rey quinqui, lo esperan 

en su trono, cada atardecer. 

Un trono,

cubierto de nubes grises, 

granizo menudo y ambigüedades. 



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