Los falsos amantes
se refugian tras coartadas.
Son náufragos que procuran
hacer una travesía
sin barco, sin mar con su correspondiente oleaje.
La cercanía de sus cuerpos y su yuxtaposición
es una falacia.
Una emboscada para saciar la sed
y, abrir un paréntesis,
ante la realidad lineal.
Los falsos amantes son corsarios
clandestinos.
No necesitan gafas de sol,
ni tienen la obligación de llevar salvoconductos.
Su plan de amor
no sigue una línea programática.
Y, si lo hace, debería extinguirse,
pues entonces se trataría
de una acción automática,
como si dos robots pudieran unirse
en su concavidad y convexidad.
Muchos se citan en cafés al atardecer
y no saben demasiado de la vida del otro.
¿Quién es el otro? ¿Qué ha experimentado?
Hay líneas sobre el mar,
que no están dibujadas.
Un fracaso es esclarecedor, siempre y cuando,
se revise
con cautela.
¿Qué sentimos en determinados momentos?
Si el deseo no es completo, ¿por qué avanzar
hasta introducirse totalmente en las procelosas
aguas?
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