Sobre el asfalto

Sobre el asfalto,

escucho pisadas, pasos que provocan un eco, 

conversaciones de gente erguida, 

la despedida de dos que cruzan 

una avenida. Los miro y no sé qué hay en sus vidas. 

Quizás la impresión que dan, 

no habla de su propia geografía.

Por la calle,

oigo rumores y murmullos, 

veo brillos y destellos,

contemplo la oscuridad de las farolas averiadas

y de los bloques hipertrofiados. 

Atardeceres, luces de neón, 

rótulos de tiendas de camisas y casinos de juego. 

Hay un instante en la tarde

que me hace sentir profunda y tremendamente solo. 

Entonces, me digo, que llevo mucho tiempo así, 

que, en ocasiones, 

la soledad es aceptada y elegida. 

Que me viene bien, pues así no debato con nadie, 

no finjo ante nadie, 

que es más certera que una auditoría. 

Que la soledad es un tesoro donde redescubrirme 

de manera constante y tiene, contiene su propio contexto. 

Por tanto, hay que asumir la emoción. 

Comprender su origen. 

De dónde arranca ese dolor. 

El ego persigue al ego como si fuera un policía de la secreta. 

La máscara de tipo duro tiene debajo el llanto de un niño sin consuelo,

y sin amparo. 

El niño sin consuelo y sin amparo se ha convertido 

con el paso del tiempo en un padre sobrecargado

y que se llena de responsabilidades reales y ficticias 

para ajustar cuentas con el pasado, 

con esa ventana rota, con esa grieta en el muro. 

Intenta ser realista, tiene frío. 

Hay que cavar una fosa en el alma, hay que comprender el laberinto interno para sanar una vez más... 

No aspiro a resolver el problema de ajedrez,

ni a ganar la partida. 

Aspiro a conectar con ese niño que corría a la vuelta de la escuela cuando sentía miedo,

cuando la ciudad era demasiado grande

y la tarde era demasiado fría. 

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