Martina y sus laberintos.
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Como Teseo luchando enfrente del minotauro,
Martina guerreaba, de forma constante,
contra la incertidumbre.
Frente a los amplios ventanales,
las macetas apiladas contra los hierros,
y, abajo, una calle gris.
Una calle gris
de baldosas pétreas y farolas de una luz
enmohecida y casi verde.
Ante semejante panorama,
cómo hacer para que el rompecabezas
alcanzara su simetría.
¿Cómo actuar para que el jardín se abra
y salgan flores a brotar más allá
de los barrotes metálicos
de una prisión transparente,
imaginaria y autoimpuesta?
¿Cómo las preocupaciones
grandes de la vida
pueden dejar de amontonarse,
como ropa sin lavar, sin tender
o sin planchar?
¿Cómo multiplicar por cero
toda una ecuación,
y cuadrar las cuentas de cada mes,
sin necesidad de remover
el subsuelo, el suelo y parte del cielo?
¿Cómo evitar la guerra fría,
la lógica del calabozo
y a los prisioneros?
¿Cómo imitar el vuelo
de las mariposas en Abril,
el dulce aleteo y su extenso color,
y dibujar trayectorias caóticas
sobre el aire, movimientos de azar,
no meditados?
Es posible el error.
Está permitido equivocarse.
Es necesario saltar al agua,
pero hay que abrir bien los ojos
antes de agarrar impulso desde el trampolín.
Entrar en el agua,
sumergirse,
flotar y fluir.
¿Parece fácil? No lo es.
Si sale mal el viaje surcando el agua, es experiencia.
Si sale bien surcando el agua, es un camino acuático,
subacuático con una longitud, una duración y una intensidad.
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