Las tardes de domingo

 Las tardes de domingo

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Siempre me provocaron una profunda tristeza 

                - las tardes de domingo -. 

Recuerdo el rito procesional de la infancia 

que nos llevaba a la Iglesia. 

Recuerdo el siguiente rito procesional 

que consistía en acudir al bar. 

Entre un mar de adultos 

    - ajenos, impávidos, grises -

y - sólo jaleado - 

,rara vez, 

por la presencia de un primo circunstancial 

inexistente, compartía algunos juegos

que consistían en carreras 

               - calle arriba y calle abajo -. 

En la adolescencia, 

se produjo un acto liberador. 

Cuando mi madre sugirió cambiar la eucaristía 

por la coca-cola y la salchicha de Frankfurt's Bocanegra. 

Pero aquella otra libertad mediatizada no me seducía. 

Quería descubrir el "más allá de los muros"

en toda su dimensión. 

Ser Bukowski y Huckleberry Finn y todo de una vez.

Ya había asistido 

a ese desfile triunfal 

de niños y niñas a los que sus padres los llevaban 

de la mano y les compraban el helado dominical.

Ya había recurrido al listín telefónico, 

a mis dotes de policía, 

a las llamadas a números que no respondían,

a la certeza de sentirme abandonado

y solo a mi suerte, 

siguiendo al Oráculo de Delfos 

y a la voz de mi madre. 

Edipo no tiene agallas porque se siente vulnerable.

Conocía de memoria 

la anatomía del fracaso que mi madre creía estar viviendo,

y, sin embargo, 

sólo podía recurrir a las excursiones al aire libre

y a mis monólogos eróticos conmigo mismo.  

Algunos creían que quería seguir los pasos de Bahamontes 

o de Delgado. 

O seguir la senda de Laso o Azofra, 

aunque imitara a Bergkamp en las placetas.

Sin embargo, era tan simple como ser 

         - un pastor de sueños -. 

Una persona que los acumula, 

los colecciona por color, tamaño e intensidad. 

Tras el túnel del tiempo, - el padre que soy -,

se niega de forma irreflexiva 

a que les suceda lo mismo a sus hijos, 

y esto es algo que no es fácil de manejar. 

El entre-turno en cualquier juego 

se traslada a la vida real. 

La ciudad entonces se convierte 

en escenario, espejo, y cuento para la reflexión. 

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