"Querida Yolanda: Después de tanto tiempo juntas y de haber compartido tantos momentos con Franklin, Marco y otros alumnos, de haber conocido y escuchado de los chicos que te gustaban, de tus comienzos profesionales, tengo que hacerte una declaración de amor. Sé que esto te pillará por sorpresa, pero te quiero, siempre lo he hecho. Cada vez que te veo, me viene un torbellino interior que me acelero. Un tornado recorre mis piernas y mi volcán es rocío de la mañana. Es por este motivo, que mis padres me han aconsejado que debo ingresar en un convento. Ya sabes que son unos fervientes creyentes.
Fustigarme, día y noche, y curarme de esta enfermedad que mi cura me ha dicho que tiene solución. Lo dicho, Yolanda, en mis noches oscuras del alma: fantasearé contigo, serás en mi mente todas las ninfas y las diosas de la mitología. Mientras te escribo estas breves líneas, la fría noche del invierno hace acto de aparición por la ventana. Me cubro con la manta y recuerdo aquel día, en aquel jardín de aquella calle en el que te conocí. No fue un momento feliz ni inesperado. Creo que las primeras veces discutí fuertemente contigo. Te reprochaba ser como eras, y las opiniones que tenías. Pero luego te fui empezando a comprender: Comprendí que eras orilla y yo era mar, que eras mar y yo era orilla y que las dos sobre la arena deberíamos fundirnos con la espuma. "
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