Se nos pasó la vida pidiendo prórrogas
y parecíamos los invitados desagradecidos
a una fiesta.
Siempre en la frontera,
seguíamos huyendo,
aparentando ser locos o necios,
confundiendo lugares y personas,
agarrando trenes y despidiéndonos a deshoras, aplaudiendo y abucheando dependiendo de la coyuntura.
Nunca nos habríamos perdonado no haberlo intentado de nuevo,
o no haber viajado al interior de la cueva en la que habita nuestra alma para arreglar nuestra sala de máquinas.
La amnistía llega tarde pero llega.
Comentarios
Publicar un comentario