El hombre que recolectaba manzanas

Se subió encima de una torre 

construida por libros 

para cosecharlas.

Se le olvidó calcular la distancia 

con el árbol frutal. 

La torre era inestable 

y no estaba sujeta 

por sólidos cimientos.

Era torre de palabras,

que formaba frases 

y con ellas párrafos,

archivados en capítulos,

que completaban el círculo de un relato. 

Él las lanzaba al mundo 

con varios mensajes:

no sólo el de atrapar las manzanas.

-En cada acción creativa,

hay una pulsión de vida-, se decía.

En toda su arrogancia,

había un mensaje cultural y estético: 

cargado de una semántica propia,

excelso y con contenido.

Años más tarde,

el pueblo había dictaminado un conjunto de sentencias. 

Lo habían marginado, se había ganado una reputación pésima,

pero eso a él no le importaba:

sabía vivir esquinado, 

condenado al ostracismo.

No era algo poco habitual en alguien como él,

que había recorrido desiertos y montañas en su existencia. 

Jamás recolectó una manzana - con este método,

que según vox populi, era el utilizado - 

Sin embargo, dejó un grupo de efímeras historias 

en los oídos de los niños y de las niñas de aquel barrio,

grabadas en algún lugar del ciberespacio.


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