Veo por la avenida,
navegantes perdidos,
pilotos suicidas,
gente desesperada o desenfocada,
aspirantes a campeones de la vida.
Muchos no aprendieron todavía.
Muchos quieren seguir saliendo ilesos
de cada colisión,
de cada envite,
ganar cada partida,
colocarse a sí mismos el cartel de invicto,
reprimir el dolor,
matar lo contrario de la alegría.
Porque vivimos tiempos
de alegría normativa,
tiempos donde ser un idiota no está mal visto,
y muchos alardean de esa condición
sin pedir permiso,
obvio.
Tiempos donde nos meten como pájaros en la cazuela
con la excusa de un festival, un estilo de música,
o un boleto para ver la última película comercial,
patrocinada por Hollywood o sus sucursales.
Épocas donde se nos dice qué ser, en qué creer o qué lecturas hacer
bajo supuestas democracias
que son tiranías veladas,
regímenes de acero.
Todos aspiran a seguir ese código,
todos se disputan el premio al hámster que más vueltas da a la rueda,
todos tienen el objetivo de ser campeones de la vida,
mientras se nos olvida:
casi constantemente, nuestra propia vida y la vida del otro,
la supervivencia como instinto y el terminar la carrera diaria
de una forma digna.
La autorregulación y la paz interior; esos son los auténticos triunfos.
Comentarios
Publicar un comentario