Autobús nocturno

La ciudad se muestra salvajemente honesta

y devuelve contestaciones inapelables 

a preguntas previsibles.  

Hemos visitado la Vía Láctea 

y, en sus constelaciones,

hemos asistido a un baile de turistas enardecidos 

por la ingesta de alcohol y otras sustancias. 

La aséptica masa de jóvenes parece sacada 

de un cómic manga donde un ejército mutante 

hubiese invadido un planeta lejano

y le hubiera robado su identidad primera. 

El bar que era ayer,

hoy parece un aeropuerto, 

sin desmerecer a esas instalaciones que nos ofrecen 

un intercambio frenético de historias.

Velarde nos lleva al dos de Mayo. 

¿Todo vale para estas hordas kilométricas que devoran la noche madrileña y sus castillos de naipes?

¿Es el turismo ensordecedor el único motor, fabricante de dinero? 

Galdós nos conduce con maestría a la Fontana de Oro donde seguimos observando 

la fiebre en la jungla de asfalto

y la debacle de la civilización. 

Uno se retira a un lado para ver las danzas preparatorias,

y se aburre ante la tiranía del reggaeton. 

En el autobús nocturno, 

dos hombres maduros hablan sobre la noche que acaban de pasar. 

Calculan lo gastado, unos 45 euros.

Hablan de las obligaciones del día siguiente,

de abrir el despacho a la hora precisa,

y revisan como ajedrecistas las jugadas de bar

en las que pudieron conseguir algo más 

de ellas, si las hubieran invitado. 

"Por eso se largaron", dice el mayor de los dos

y, parece pasar página,

como si estuviera anotando en la planilla,

los asientos de la noche en curso. 

"Que no, Venancio." Parece decir el otro.

"Que se fueron porque no les gustábamos. 

Además el chiste aquel que hiciste no fue muy acertado. 

Te falta algo de inteligencia emocional. " 

La respuesta del otro es un invento del que escribe. 

En la realidad, permanece callado y se dedica a asentir 

el discurso del tal Venancio.



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