Tuve que probar de mi propia medicina,
para conocer el tamaño del agravio.
Desandar calles del recuerdo,
levantarme de bancos en plazas tornasoladas,
revisar el color del cielo en un atardecer de lunes
y mirarme en el espejo
del gris asfalto, que ahí
sigue con su tenaz melancolía
y me muestra lo pequeño que soy.
Descender de mi caballo metálico
y no obligar a la lágrima
a brotar.
Dejar que venga sola,
que fluya como un vendaval de arena
en el desierto y traiga la sal esperada.
Ante la cautela de un martes,
el piano de Bill Evans
y un saxofón que suena dulce
construyendo notas de terciopelo sobre el aire
me transportan a barras de bares que
no conozco,
terminando copas olvidadas por extraños.
Salgo de un túnel:
Tengo la mano ensangrentada
por espinas de un rosal
y por vidrios rotos
esparcidos contra un muro.
He golpeado puertas a patadas
y he coleccionado la rabia que sucede
a la escasez de atención
de un mundo que otrora
me confinaba
a habitaciones a oscuras
y a teléfonos que se abrían en la tarde
para escapar
de un campo santo vulnerado.
He escuchado una plegaria pero no la he hecho mía.
Quiero fabricar mis propias plegarias.
Quiero levantarme, de nuevo, desde ese dolor
que edifica, que dignifica el sendero
y me hace algo menos impuro.
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