El manual del eterno principiante

 Dicen que hubo una vez 

un hombre que se llamaba a sí mismo 

- el eterno principiante -. 

Tenía algún que otro don, 

pero él no le daba mucha importancia. 

No le gustaba su voz grabada al magnetófono. 

Y sus grabaciones le sonaban metálicas 

como sacadas de una cinta antígua y guardada 

en bidones de latón. 

En aquella época habría vendido best-sellers 

y firmado auténticos manuales de autoayuda. 

No existían las redes sociales ni los telepredicadores. 

Los evangelistas rara vez tocaban a una puerta 

o predicaban la verdad divina sobre el asfalto de una plaza. 

El autor del que hablamos era aficionado a la matemática 

y a la divulgación del ajedrez, 

escribía versos de métrica libre y era un entusiasta como el personaje 

de Vázquez Montalbán de la cocina. 

La alquimia propia de los fogones 

era una suerte de ritual 

en el que se volvía a sentir en casa, 

pese a estar rodeado de paredes que le eran ajenas 

o estar ubicado frente a presencias de extraños. 

Para comenzar -decía el eterno principiante- 

debes conocer bien cuál es tu objetivo, 

ser disciplinado y constante, 

elaborar un plan y llevarlo a rajatabla. 

De nada sirven las excusas. 

Debes ser determinado y tomar descansos cada cierto tiempo. 

Lo escribió en una sola frase 

y quiso ser minimalista:

Nunca te rindas hasta lograrlo. 

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