Desde el retrovisor
de un automóvil que todavía no conduzco,
veo un letrero que cierra un círculo
con nombre de ciudad.
Granada, la tierra del hielo y del fuego,
la del ajedrez de taracea con piezas de marfil,
la del rayo y la del trueno,
la que lleva en su nombre
el llanto y la sangre,
la especialista en tormentas de verano
junto al Genil,
cuyos afluentes son los ríos del orgullo y del miedo.
Cada vez que freno,
que disminuyo la velocidad,
la recuerdo. Es una caja sin tapa,
casi transparente.
En ella se coleccionan recuerdos
etiquetados como precios
de un almacén de telas,
y
gracias señora/gracias señor/
que tenga buena tarde.
La vida tiene un valor incalculable.
La muerte tenía un precio, un valor liquidativo
con fecha el siguiente día contable.
Ya todo es inútil, no hay vuelta de hoja.
El albarán está entregado.
Trazar itinerarios hacia atrás en la ruta es complicado.
Para ello, necesitaríamos una máquina del tiempo
y eso no ha sido inventado.
Tal vez se mencione en algunos títulos de la ciencia-ficción,
manuscritos que se recrean en una casi-ciencia.
El camino señala un vector de futuro,
una flecha que rescinde el contrato
con las cargas del pasado.
Suelta el lastre, despegamos.
Me he sacudido la culpa,
pero no me siento totalmente cómodo,
arrastro una pena ancestral.
Por otra parte,
jamás me perdonaría haber sido ingrato.
Desde el retrovisor, aparecen todas
las personas, una tras otra, que han formado
parte de un paisaje sentimental con una escala de grises acentuada tirando al
oscuro y casi amputado negro.
Las abrazo a cada una y el abrazo es correspondido,
en algunos casos.
- El beso de buenas noches es una señal de amor intermitente -.
Después le llega el turno a los actores secundarios.
Cada cual en su importancia,
grandeza o santidad, permítaseme la licencia.
No soy quien para juzgarlos.
Antes que nada:
Perdóneme, padre, porque he pecado,
inventé la rueda y el candelabro,
me hice pis en las manos
y no me las lavé.
Ha de saber que
me he propuesto a mí mismo
- y no me sale bien todavía -
compadecerme de cada uno de ellos,
aunque tengan clara situación de ventaja
en el escenario-tablero de rigor.
Eso me sirve para hacer las paces con ellos sin hacer reverencias
- pues no se me da bien tener un amo -
y suelo gastar energías de forma innecesaria
discutiendo con imbéciles.
Dice uno de ellos: "Usted no sabe quién fue mi abuelo, ni mi padre ni mi tío. "
Respuesta automática: "Obviamente no. Si no, no tendría usted que decirme semejante tontería. "
No sé si estoy siendo totalmente bondadoso,
ni totalmente justo.
Supongo que ninguno de los dos es mi objetivo pero el bálsamo ha de ser administrado.
Abrazo cada infancia de los adultos que sin querer no me hicieron todo el bien
que mi alma herida, esperaba.
Desde el retrovisor, aparece el letrero de Madrid. Paso de lado por Méndez Álvaro
para tomar la M-30
para llegar al barrio, que en su penumbra, me recibe
con sus aceras y jardines macilentos, las luces glaucas de las farolas amarillas,
sus retretes móviles con música de jazz
y sus risotadas
en los bares con terraza,
mientras el camarero deposita sobre la mesa
la penúltima ronda
como crónica de una sociedad narcotizada.
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