Recuerdo una mañana en el parvulario.
En el jardín, los niños jugaban.
Había llevado mi spiderman de goma
para enseñarlo como un gran hallazgo.
Me encantaba aquel muñeco.
Cuando se lo mostré a mis compañeros,
se abalanzaron hacia él,
estirándole los brazos y las piernas,
deformándolo.
Comenzó mi llanto a borbotones,
primero por la expectativa depositada
en gente extraña
y después por ver mi muñeco crucificado
por pequeñas ramas de árbol
contra el tronco.
Desolación
sin consuelo.
No volví a llevar un juguete
a la escuela
hasta que los maestros nos lo permitieron
tras las vacaciones de navidad.
Pero, en esas contadas ocasiones, no compartía nada más que lo justo.
En cambio, disfrutaba con la plastilina
inventando partidos infinitos junto a los "amigos"
menos agresivos que se congregaban sobre la mesa de clase.
El desarreglo, la desconfianza hacia el otro,
el rencor y, sí, el odio.
Aprendizajes cotidianos demasiado normalizados.
Y así anduvimos y así andamos,
sin una estructura que diga "Basta"
totalmente
a ese juego torticero
que construye "nuevas leyes"
y que pronostica "presiones nuevas"
en un mundo de iguales del que muchos reniegan.
Porque la teoría dice que a priori somos iguales con los mismos derechos,
pero la práctica nos explica que somos diversos:
cada uno en su contexto social, económico,
cada uno en su inteligencia,
en sus habilidades y destrezas,
en sus competencias de comunicación y de interacción social.
Ahora lo recuerdo como una imagen borrosa y difuminada.
Cuando nos enseñan a colaborar en pos del gran objetivo,
nos enseñan, en muchas ocasiones, trabajos de oficina para fabricar
productos.
Se nos adoctrina en la filosofía de la cadena de montaje.
Creo empezar a comprender por qué desde tan pronto,
tuva esa percepción que,
unida a las carencias afectivas de la infancia,
me hicieron valorar la soledad
como un bastión inexpugnable,
en el que sentirme seguro.
Años después confirmo que eso es cierto, a veces.
Pudieron destrozar un icono, pero me hicieron un favor,
porque me estaban ayudando a ser más fuerte.
Un ser que pone mercromina sobre la herida,
que rearma el jarrón de porcelana china roto
en mil pedazos de su corazón
y, sobre todo, alguien que se acepta
y que no huye de sí mismo.
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