El hombre de las mil y quinientas mujeres

 Un desarreglo afectivo 

nos hace, en ocasiones, buscar en mil y quinientos sitios,

lugares o personas, 

la paz y el afecto que no poseemos en nuestro interior. 

Algo así le pasó a Mike. 

Un hombre corriente de vida corriente que, 

condicionado por una cultura masculinizante,

se adentró en la búsqueda 

del amor que no hallaba 

cuando revolvía todos los cajones de su existencia. 

"El amor debía serle concedido", era su primer axioma,

parecido al de los números naturales. 

"Él merecía ese amor", otro de sus tantos axiomas, dogmas, verdades absolutas 

irrenunciables. 

Condenado a mil y quinientos fracasos, 

en los que siempre había un poso de 

frustración y profunda insatisfacción, 

Mike no repensaba el mecanismo que lo llevaba 

a estos grandes desastres

y seguía, erre que erre, 

con la construcción de su jugada maestra

llena de un profundo egocentrismo. 

Mike no buscaba encontrar el amor,

necesitaba verse reflejado en el espejo del otro, 

un narcisista cuyo 

chauvinismo interno 

había comenzado, tal vez,

como medida reactiva ante una realidad que no era capaz 

de asumir. 

Marlene, Ivette, Margot, Didi, Didó, Didú, y un largo etcétera,

eran todas ellas uniformadas,

y formaban un ejército de maniquíes, 

que Mike conocía bien pero de las que no recordaba

apenas nada. 

Lo más curioso es que había todo un rito 

de pseudo-cortejo, adoración y enamoramiento, 

sin intercambio de piezas en el tablero. 

Él era el dueño y el señor de su juego. 

No había la entrega de experiencias 

o una charla activa sobre emociones, sentimientos o pareceres. 

Mike era un cirujano,

un fontanero,

un electricista que desarmaba componentes, 

mujeres como si fuera 

uno de tantos usuarios del Polígono Marconi. 

Pobre Mike. Pues no había leído a Fromm 

ni a su teoría del amor maduro. 

Ese que parte de la base del acuerdo,

de la propuesta y del consentimiento. 



 

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