Esperando al tren
encuentro:
Una llave en el andén
y parece un presagio.
Como si fuera una puerta que precediera a la siguiente puerta
y tras la que no hay apenas espacio.
Una vida mejor anda al acecho jugando al escondite,
pero como buen náufrago,
desconfío por si la historia se tuerce.
El futuro es un tiempo que no ha llegado
Siento en mi mente un profundo cansancio
He cargado sacos de ladrillos de lógica interminables,
y vivido vidas ajenas sin éxito,
postergando desenlaces,
desarrollando la estrategia
del centinela impasible,
calculando riesgos inexistentes,
sintiendo frío cuando hacía calor
y, al contrario.
Pero no me premien.
No deseo el laurel de un césar, ni el cetro ni el trono
de un monarca,
ni siquiera el podio del atleta,
o la copa en el torneo más preciado.
Esta noche
he de despojarme de todas mis ropas,
lanzarme al mar y salir nadando.
Noches de otoño donde el viento golpea,
donde no hay manta que cubra
el escalofrío que produce
ver que las tormentas
no forman ráfagas solo por fuera,
pues también lo hacen
en la pantalla oscura
de la mente que discurre.
No hay soluciones definitivas
ni jugadas maestras sobre el tablero.
Hay movimientos que engañan
al tiempo, esperando que el reloj no marque
que la partida acabó
y no hice lo que pude,
lo que estuvo en mi mano.
Cuando desaparezca de la sala,
no quedará de mí ni siquiera un rastro.
En el andén,
dejaré una flor junto a la llave que he encontrado
para que la encuentre el siguiente
caminante con rumbo errado.
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