Las palomas comen arroz
sobre la acera
y la calle mojada
por la lluvia de ayer
brilla con luces conocidas.
Por la avenida,
avalanchas de gente,
barrios destartalados
y librerías donde encontrar
a Nabokov o a Lord Byron
en las estanterías
y un teatro en el sótano que hace caja
en el negocio que resiste al tiempo
en calle Magdalena.
Quiero olvidar por un instante...
Que la alarma del móvil detuvo la partida
y abandoné el recinto por calles a oscuras
con inesperada compañía.
Ella no es desinteresada.
Ella es una presencia temporal, que abandonará
el recinto en la siguiente estación.
Quiero recordar...
Que las travesías angostas hacen a las personas
buscar refugio y
que no es tan malo vivir a la intemperie,
no poseer nada,
tener de compañero al viento,
y al desierto que resbala.
Sentirse solo no es algo horrible,
pues todos lo estamos.
En este juego no sirve la coartada
ni pedir prórrogas,
ni salir en desbandada.
Hay que afrontar las embestidas,
respirar
y cuidarse de encajar los golpes.
Descansar
y aplazar
esa faceta de hámster
recorriendo la infinita rueda.
Darse un tiempo,
o dos o tres.
No pasa nada.
No hemos hecho nada.
Cierra el círculo y termina el verso
que se apaga.
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