Comprender el odio irracional
es una buena técnica para limpiar energías,
practicar la bondad y desearle al otro que "no le pase nada".
En mi memoria, asisto a la fotografía navideña en casa de mi abuela.
Las cohortes de la legión posan uniformadas
y me gustaría pintarrajear algunas caras, poner algunos motes
e insultarles.
Devolverles las dagas que sus palabras han clavado.
Ya sé que no son emociones positivas:
Son todo el contrario.
La venganza es un proceso asimétrico y no suele dejar vencedores.
En el mecanismo de extrapolación, se condena a toda una estructura.
Una estructura social, cargada de simbolismo, en la que no faltan
los clichés del momento histórico,
la España de la "primera democracia" tras la dictadura.
El Land Rover, el pelotazo inmobiliario, el recuerdo del cargo militar,
la santa misa y el crucifijo.
Hago propios los prejuicios de mi madre,
y aporto los míos,
a este trabajo colaborativo de sesgos y contracultura.
La imagen de Apolo ha caído al suelo.
Lucero aguarda en la pared tras mi cama
dispuesto a llevarme volando con sus alas.
La escultura de Rodin ha perdido su músculo
pero no formaba parte de ese habitat.
A todos esos niños inconscientes, que traen la cartilla aprendida
de casa para no dejar mal a sus familias también maltrechas,
quiero escupir y patear.
Deseo expulsarlos de mi salón de juegos,
del lugar donde dejo mis juguetes,
porque sus manos están sucias casi tanto como su corazón.
Quiero gritar mierda en toda la estancia,
que mi abuela me regañe y que diga otra vez eso de "Pablo, por favor".
Está claro que le he de contestar:
"Abuela, voy a golpear a todos tus nietos y cobrarme el botín pirata. "
Años más tarde, la estupidez crece y el asco también.
La presión de la estructura va a hacer que esto estalle en mil pedazos.
Este maniqueísmo de buenos y malos no nos hace ningún bien,
pero sigo pensando en que por mucho que lo intente
no me surge el amor hacia algunos.
Décadas más tarde,
he aprendido a verlo con distancia. Puedo identificar mis errores en la forma en qué me relacionaba y me comunicaba.
Puedo comprender que sus conceptos culturales y clasistas son propios
de gente así.
Bah, no merece la pena.
De todas formas, prefiero no verlos.
No me inviten a su fiesta, que sé que no lo harán.
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