No es una historia nueva. Es una historia antigua.
A este matrimonio no lo trago y no pasa nada.
La madre de ella venía a hacer apostolado a casa por las tardes
con otra señora de la parroquia de San Matías.
Me daba pereza abrir la puerta y decirles que se fueran.
Años después, fue mi primera jefa.
Gritaba y gritaba. La odiaba.
A él lo conocí en un viaje a la Alpujarra.
No sintonicé con sus sistemas audiovisuales desde un inicio.
Al parecer, según dicen, es una bella persona.
A mí todavía me cuesta valorarlo así.
Su madre era una señora impertinente
y su padre hablaba demasiado.
Este matrimonio tiene una gran vocación social
y ayudan a la gente: esto es innegable.
Sin embargo, algo en su interior emana,
y hay algo acordado sobre
el pago de letras al contado en el jardín de los cielos.
Una estructura celeste en la que no creo apenas.
Ellos viven con mi tía y mi tía los ha elegido.
Por eso, elijo no ir en Navidad a Granada,
porque me siento en un planeta ajeno y lejano.
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