En el metro
un turista adolescente con el pelo rubio casi blanco me recuerda a mi hijo
con la consiguiente tristeza
que me provoca su ausencia temporal.
Una familia que se acompaña
me recuerda mi vacío existencial.
Un hombre que me mete prisa en la cola de Carrefour
me enfada y soy prudente y me calmo
pero le digo que por qué no se calla.
La cajera de una tienda de barrio
con su tono me produce malestar.
El compañero que me ordena en el fútbol donde jugar,
al carajo lo voy a enviar.
En un evento social, conversaciones con gente más joven,
me hacen sentir - fuera de lugar -.
El verano es ese sendero de transición entre
lo nuevo y lo que no es tan nuevo,
mientras me digo : te volverás a encontrar,
pero antes tendrás que soltar todo lo que te pesa,
toda la tonelada de ladrillos
que te has adjudicado sobre tu espalda
y de los que te corresponden una ínfima parte.
La soledad no es el fracaso.
La soledad es esa región donde alcanzar
la plenitud, la madurez y el goce
de la experiencia auténtica, la de verdad.
Todas las emociones están permitidas.
Disculpa, Universo, si a alguien he podido lastimar.
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