* Al hijo de Luisa, robinson urbano de 10 años.
Tiene apenas 10 años pero, en su físico,
aparenta 13.
Es alto y tiene brazos largos.
Podría darle un manotazo a cualquiera y salir corriendo,
pero él no es así:
es un buen niño que ha sufrido mucho en la escuela.
Camina solo por el barrio y va conociendo el mundo
a golpes duros,
tan certeros como los de un púgil que lo hubiera estudiado
al ver cómo coloca los brazos.
Le entran de todo tipo, pero el que sí esquiva es el directo.
Los otros: ni los huele.
Será un gigante, y será fuerte, y reproducirá
los mismos mecanismos sociales
que le inculcaron sus padres
pero, lo observo,
y mi instinto protector lo pretende amparar
hasta que se me olvida que "él no es mi proyección sobre su espejo",
hasta que recuerdo que "él no es hijo mío".
La hora de la siesta, en la que Luisa
contenta a su nueva pareja,
es el momento en el que él inicia el viaje.
La ciudad es un desierto atroz
y hay peligros por todos lados.
Pequeño Ulises luchando contra el negro y salvaje mar,
y contra los monstruos diversos.
Será fuerte, será un gigante, será un coloso, será un titán
pero ahora...
Camina sin nadie que lo agarre de la mano
y es carne para las aves carroñeras.
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