Como un clavo sobre un trozo de madera, o un fragmento de pared,
así recuerdo a Juan Antonio, alias "el Chincheta".
No era muy alto, pero según sus amigos "estaba cuadrao"
y hacía gimnasia a deshoras.
Conmigo era desagradable y hostil,
me agredía físicamente y verbalmente
y su gran logro fue partirme la barbilla
al ponerme la zancadilla
y caer de bruces contra el suelo de parquet del gimnasio.
Sus colegas celebraban eufóricos su hazaña
y, yo, caminaba como un ejército derrotado
sobre el cemento del patio
tras visitar el centro de salud
donde mi tío Fermín me cosió
la herida ensangrentada.
Años después he sentido
ya no tanto la necesidad de una revancha,
sino la de que se haya hecho de alguna forma justicia.
Cuando camino por el Albaicín me siento en territorio propio.
Nadie podría venirme a decir que -no soy del barrio-.
No tengo una casa ni estoy empadronado en ninguna calle del distrito,
pero mi infancia está plagada de recuerdos del lugar.
Se puede decir que soy más del Albaicín que de la Manigua.
Durante todos este tiempo, he intentado comprender lo que subyace a la violencia estructural, a la violencia de facto.
Es el camino que nos queda por recorrer para conseguir entender el respeto
ya no como un amaneramiento "cosa de maricones"
sino como el lenguaje habitual de la convivencia.
Rechazar al que abusa.
Rechazar al que agrede.
Rechazar que se puede legitimar la violencia como método
para conseguir un fin.
Entendería en tal caso el mecanismo de la defensa preventiva para parar una agresión.
Dejar de maltratarnos entre iguales.
Enfocarnos en lo que realmente importa: que la gente tenga pan y trabajo.
Como corolario:
A toda Chincheta se la desclava de una pared o de un trozo de madera.
En el caso de que fuera un trozo de piel, habría que aplicar agua, jabón y mercromina.
En el caso de que fuera un alma, habría que practicar compasión, comprensión y olvido.
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