Mi madre se preocupaba.
Era de noche y no había vuelto.
Allá afuera,
las tenebrosas calles de la ciudad
conocían muchas historias tristes.
Sin embargo,
un magnetismo propio de la estación del año,
o del desapego propio de la primera, de la segunda
adolescencia se cernía sobre mi mente y mi cuerpo.
"Mamá", nunca le dije,
"Mamá, si de verdad estuvieras presente,
no necesitaría inventar caminos en la tarde,
juegos hasta el anochecer con amigos,
intentando asaltar la trayectoria del balón
rumbo al tablero. "
"Mamá, tu cuerpo está físicamente enfrente de mí
pero tu alma no me cobija,
tu alma es consecuencia
de la glaciación de tu propia alma,
estás congelada por un sistema que te oprime
y has decidido
enterrarte en vida. "
Palabras que nunca salieron de mi boca
pero que quise alguna vez decir.
El niño no era una víctima,
pero en la estrategia del fugitivo
cayó en todas las trampas que la realidad
ofrece como un regalo envenenado.
El metafórico
Huckleberry Finn ha crecido,
pero sigue siendo
el buen canalla que no conoce más límite que el cielo
que lo cobija.
La duna, la estepa, la marquesina, el desierto,
el lago, el certero asfalto.
Sin Tom Sawyer podría revisitar la Albufera de Blasco Ibáñez,
y conocer "la Terreta i el Poblet"
que no le son ajenos, pues ya los conoce de algo.
La madre pregunta:
"Hijo, ¿de dónde vienes?
No te metas para el cuarto sin decir buenas noches.
Quiero oler tu aliento a alcohol,
para que me sirva de tristeza.
"
Hemos fracasado.
Pero nadie asume la responsabilidad y el problema se agranda.
La toxicidad es un barco cargado de explosivos.
Terapeútica y deporte, toma de conciencia, asumir errores.
Madurez.
Otros caminarán por otros senderos y no serán necesariamente
los mismos.
Ya es tarde en mi corazón para decirte de donde vengo, Madre.
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