Érase una vez un ermitaño
que habitaba en una cabaña en lo alto de una montaña.
Vivía de lo que cosechaba en su pequeño huerto,
de las aves que cazaba y de los peces que alcanzaba a pescar.
Por las tardes, distinguía todos los tipos de árboles
que había en el bosque,
y recogía frutos
en los arbustos que lo poblaban.
No se relacionaba con ningún ser humano.
Sus mejores amigos eran las ardillas y los conejos
que saltando se le acercaban.
Con ellos, establecía curiosos diálogos.
De repente, un buen día, inició un viaje
hacia la civilización.
Atrás quedaron años de soledad elegida
y, poniendo rumbo hacia un pueblo cercano,
era capaz de adoptar una actitud de optimismo
y de una incipiente alegría.
Sin embargo, al llegar al lugar de destino,
no fue bien recibido.
Las gentes no entendían su vestimenta, ni su barba de siglos,
no entendían sus cabellos largos y ni siquiera
les parecía que el perro que le acompañaba era
de confianza.
Lo trataron mal, desdeñaron su idioma, que no era muy diferente al de la región
pues era otro dialecto distinto.
Tan sólo los niños se le acercaban y se interesaban por el animal,
dándole caricias y abrazándolo.
¿Sería posible que sólo los niños comprendieran
el secreto lenguaje del amor?
Tras esta corta estancia, tomó un barco
y alcanzó una ribera.
Luego de seguir por la ribera, atravesó una frontera
y allí con más razón todavía le llamaron extranjero.
El lugar estaba en guerra y se cometían atrocidades.
Choque de culturas, pelea por la hegemonía, dominación o invasión,
atropello o amenaza, tablero desigual,
donde las piezas que quedan son dos reyes de distinto color desnudos y enfrentados.
Rayos y centellas, egocentrismo.
Escapó raudo y veloz, sintiendo el frío viento tras la espalda,
pidiendo salvoconductos, siendo perseguido por unos y otros,
enarbolándose como una bandera que no reconociera ningún ejército,
buscando un remanso de paz y esperanza.
Desanduvo el camino, retornó a la foresta selvática que había sido
su habitat y como animal acostumbrado
saludó a ardillas y a conejos, fundiéndose con ellos en un simbólico abrazo.
Ser un ermitaño era su señal de protesta,
ante la barbarie, ante la destrucción,
ante todo lo que implicaba el ser humano.
Por eso, no esperaba que nadie comprendiese su viaje personal,
su apuesta y su entrega, su no participación en la destrucción del planeta
en que habitamos.
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