Os traigo historias del viejo Madrid,
de pleno centro:
Un universo que inspiró a Galdós para construir sus crónicas
y a Eloy de la Iglesia para encontrar a sus personajes
y fabricar sus películas.
En la calle de la Victoria hay un restaurante turco
de comida rápida para llevar.
Esa que viene envuelta en papel de aluminio
y celulosa, y es fácil de consumir, digerir y evacuar.
Como viajeros de la noche nos vemos abocados
a entrar de un mar negro de asfalto,
cruzando Bósforos, como el que se cambia de acera,
y llegar al sitio donde Aziz
cocina el kebab para turistas y trasnochadores que desaparecen
como un hielo en un vaso de agua.
En el interior de este lugar nos sentamos y escuchamos a un músico tocar desde el fondo
del salón.
Es un estudiante de Erasmus que recita canciones
con temas de protesta y de revolución,
odas a una madre,
acompañándose de su bağlama
y de su voz melancólica.
Antes de salir a la noche,
que nos depara otro son,
y deambular por otros continentes donde la música
suena fuerte
y la gente se arremolina
en ritos de baile iniciático,
aparece el profeta Miguel en escena.
Miguel, así dice llamarse, es subsahariano.
Podría ser de Guinea Bissau o de Nigeria,
y habla en un claro "espanglish" de circunstancias.
Debe haber pasado mucho, porque delira, y pide otro chupito de whiskey
a Aziz, mientras le hace la seña de que lo pagamos nosotros.
Me compadezco y le escucho.
Habla de la biblia, de Abraham, de su hijo David... que acabó con Goliat.
Profetas urbanos que cometen errores,
pero esto es fácil ya que su cuerpo está lleno de alcohol.
Mi amigo me regaña con la mirada, me dice "olvídalo" y yo siento
una tristeza enorme por el profeta Miguel.
Hablamos de los comedores de las monjas,
y él continúa con su alegato contra los marroquíes
que son malos y duros.
Intercambio, rumbo a otros sures posibles,
por un instante
y al despedirme del "profeta",
siento ese llanto antíguo que me viene cada vez que veo
a otro desamparado como yo.
Más allá del Bósforo, volvemos como los barcos
disciplinados hasta el puerto de la inmediatez
y agarramos el autobús nocturno rumbo a casa.
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