Para construir esta ciudad
que ves ante tus ojos
se necesitaron cientos de manos
al unísono trayendo piedras, ladrillos,
trabajando el yeso,
inventando muros, arcos, memorias y nostalgias.
También fueron precisas grandes cantidades de dinero,
metales comunes y preciosos,
arquitectos que diseñaran jardines,
donde el agua circulaba por fuentes irrenunciables.
Forjadores de columnas,
artesanos de mosaicos,
centinelas que custodiaran torres y almenas,
ejércitos que defendieran la fortaleza
con relincho de caballos junto a heroicas Alcazabas.
El fluir de la vida,
la rosa en el callejón,
el jazmín en el alféizar,
sonidos de cítaras y laúdes,
arte sonoro en el zoco,
luz irisada tras los montes,
nocturno ruído de sables y espadas.
Sin embargo, esa ciudad que ves es un vestigio:
Un relato de un tiempo anterior y que forma parte de la esencia
del lugar como un accidente.
Esta ciudad, la que tienes ante tus ojos es la ciudad que construímos
en este instante,
y no se parece en nada a la ciudad que los demás construyen,
pues es única, diversa y perfectamente distinguible.
La ciudad - imagen es una ciudad deformada por nuestra imaginación
y, por tanto, una máquina creada a nuestro antojo:
Las calles pueden ser unidas o separadas,
los castillos pueden ser amontonados y dibujados
con más estanques, y, además, el río que apenas pasa,
es uno frondoso en cuya ribera se agrandan los árboles.
Las plazas se llenan de poemas, de música de las guitarras,
y cantamos juntos y abrazados: ¡Llegó la primavera!
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