Aunque nunca ejerciste como tal,
mi madre te apreciaba,
y te colocó en el lugar,
frente a la pila bautismal,
para ver cómo me echaban el agua.
Recuerdo de las tardes en tu casa
y de las meriendas
- en las que había -
escapadas contínuas
ante un piano solitario
en el que tocar notas desafinadas
,y poder presumir de ello.
Recuerdo que eso:
feliz me hacía.
Años más tarde,
conociste a aquel hombre antipático y gris,
que te llevó por la calle de la amargura.
Aguantaste toda su mierda
con tal de no estar sola.
Te retiraste del convento
al monasterio
y echaste la llave para no regresar.
Él era tu amo, dueño y señor.
Todo decisión tuya, claro está.
Teniendo en cuenta que llevaba años sin verte,
hoy me he enterado de que has muerto.
Vestigios de mi niñez, afloran, y brota una lágrima
en mi ojo acostumbrado.
Crónicas de la Dolce Vita de Granada,
se acumulan en el disco rayado de la memoria.
Bares, gin tonic, y una vida lenta y despreocupada,
fotos con peluca,
conociste a mi padre.
Adiós, "madrina".
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