¿Quién nos recordará mañana lunes?

Querer permanecer en el recuerdo 

de la gente,

o querer permanecer en su olvido,

es un acto de arrogancia. 

Somos pasajeros de excepción, 

viajeros con la suerte de poder percibir 

el bello acto de la vida.

La pregunta "¿Quién nos recordará mañana lunes?" 

no necesita una respuesta

cuando lo prioritario 

es que uno se recuerde a sí mismo

con honradez,

sin rigidez ni crueldad. 

Como sabes, hay trenes que ya han partido de la estación 

y partidas de ajedrez que terminaron en derrota. 

Hay edificios que se niegan a perecer, 

y hay barriadas que emergen de un pedregal 

como síntoma, ¿del progreso?

Hay parques y hay fuentes donde los niños

juegan 

y se les ve contentos y ufanos,

libres y dichosos. 

Sin embargo, 

esta tierra está repleta de ladrones y tramposos, 

de tahúres que te obsequian con una sonrisa en mueca

o un halago para ganar tu atención

mientras sacan su trío de ases 

sobre el tapete con un gesto de victoria,

rechazando que hubiera otra combinación mejor

que superase la tirada.

En ella,

he conocido un artefacto que se parecía a la alegría,

pero indetectable pues 

la tristeza duraba muchos años y debía emerger 

del fondo pestilente de un estanque.

En los trabajos, hay bandidos que dicen con traje y corbata 

empuñar palabras como dagas,

pero que no alcanzan a clavar,

por temor a mancharse de su propia sangre. 

Para regresar, hay autobuses que nos devuelven a casa

y ruidos de motores lejanos 

que nos recuerdan

que mañana es lunes y la maquinaria continúa. 



Comentarios