Ricardo no las tenía todas consigo cuando llegó a la plaza de Ópera a la hora acordada. Era diciembre y el centro estaba impracticable: No se podía caminar cómodamente ni uno estaba a gusto en las cafeterías de siempre, invadidas por todo un torrente de turistas animados por la oferta suculenta del mantecado madrileño y por los decretos que, por aquel tiempo, los gobernantes realizaban para facilitar la "libertad" de los viajeros, crónica de una ciudad en venta no sólo de su identidad sino también de su salud y de sus principios ancestrales.
Miró el reloj, el autobús que venía del Alto de Extremadura hacía acto de aparición en el recinto que, a modo de escenario, recreaba una gran pantalla. Había conocido a alguien por internet y no esperaba semejante acto teatral representado. No era un experto en este género musical llamado ópera. Quizás podría recitar los nombres de un par de ellas de memoria y contestar correctamente a algunas preguntas del trivial pursuit. En el interior del vehículo viajaba una diva pleistocénica que saludaba afanosamente. No había margen de maniobra y no quería ser descortés. Susurró un tierra trágame sin éxito y trazó un plan consistente en esbozar una excusa amable después de ingerir un primero en algún restaurante de la zona.
En la presentación, él alargó la mano, pero Luisa le corrigió diciendo que "lo español" era dar dos besos: uno en cada mejilla. Tuvo que pasar por ese mal trago. Según informaba Luisa, venía de la peluquería y era cierto: Maquillaje y pelo teñido para cubrir las canas. Ricardo sintió pena y un sentimiento de piedad y compasión le invadieron, pero también sintió asco y rechazo al imaginarse practicando el acto con semejante mujer.
Justo allí al lado, fueron a un restaurante de una cadena comercial americana fundada en Madrid allá por los años 70. Ella pidió empanadas y él ensalada de pollo. Ella intentaba construir un diálogo, con ingenio y contenido. Él callaba engullendo para salir corriendo.
Vino el camarero y preguntó por los postres. Él pidió sólo un café, y ella un cappuccino.
Se despidieron sin demasiados argumentos, sabiendo que era un adiós.
Ricardo se prometió así mismo no volver a acceder a una cita a ciegas. La calle Arenal se abría y Sol invocaba a Benavente y a sumergirse en algún bar de la calle Atocha.
Fin del viaje.
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