Con su maleta de emociones reprimidas,
conocemos a Roberto en una tarde de domingo.
Trae una verborrea propia de un llanto inacabado,
y, tras esas gafas de pasta,
en las que se refugia la máscara del intelectual prosaico, se declara
cinéfilo y, para colmo, germanófilo.
Dios Salve a la Bundesrepublik, parece decir.
Así nos lo confiesa, mientras la dama alemana toma un sorbo de espresso,
y lo mira con esa ironía tan propia de Hannover y de la Alemania del norte.
Concentrado, no quiere que le detengamos en su discurso.
Su monólogo, bien estudiado,
parece más una tarjeta de presentación
de algún viajante de telas que un alegato de principios.
Mientras nos intenta seducir con sus palabras,
nos habla del COU que estudió en los Estados Unidos,
ya que su padre un importante empresario
le costeaba las mejores escuelas.
El Círculo de Bellas Artes asiste a este circunloquio,
con sus lámparas de imitación de algún palacio
donde hubiera zares en otro tiempo.
¿Cómo empatizar con ser tan excelso? Es complicado a primera vista.
Habiendo charlado con Roberto en otros ámbitos,
me ha contado de la soledad que le pesa tras la muerte de su madre.
De los problemones que acarrea todo el testamento y la herencia,
y sus peleas constantes con hermanos.
De haber perdido un viaje en autobús a su pueblo de Toledo.
Entonces al contemplar la fragilidad de Roberto
mi cortex activa el programa y soy capaz de comprenderlo.
Despojarse de la máscara es un acto de valentía
en este mundo en el que muchos prefieren pasar por él
de puntillas como bailarines del Bolshoi.
La ciudad de las luces navideñas oculta, tras su megalomanía
y siendo patrimonio de la inhumanidad,
pequeñas historias como las del anónimo Roberto,
que por no llamarse,
ni se llama así.
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