Invadir la intimidad del poeta

A García Montero

Mientras la humanidad 

se regocija en su complacencia,

el hombre público y el hombre privado se debaten 

en una mueca. 

Son múltiples los estímulos que, desde el exterior,

sobrevienen.

La noticia de la muerte de su compañera 

ha salido en todos los diarios. 

Los amigos de siempre, los familiares 

escriben mensajes, hacen llamadas telefónicas. 

Las mayores autoridades del gobierno 

lo abruman con sus discursos monotemáticos 

en unas horas en las que preferiría estar solo,

sin mayor distracción que la de un programa de radio

o la última relectura de un libro. 

Los anónimos paseantes que traemos una historia

lo invadimos también.

Nos hemos hecho eco y, mediante el mecanismo 

del efecto llamada,

asaltamos la intimidad y la privacidad del poeta. 

Nuestro superpoder curativo le hará bien... 

Porque no dejamos de ser extraños y cibernautas,

que caminamos por la avenida digital,

y congraciarnos con el usuario-destino,

no está a nuestro alcance totalmente. 

Cambiar un "que la tierra nos sea leve" por un "que la corriente de positrones 

siga circulando por nuestro fluído eléctrico" parece más una afrenta 

que un cortés concepto.  

Ni siquiera la reverencia es suficiente, 

porque está claro que no perseguimos 

ningún tipo de trato de favor.

Tal vez sólo haga de momento falta: 

Un poco de empatía.

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