Mi vecina está mayor y está acatarrada.
Tras las paredes de ladrillo,
que son como de papel de fumar,
se escuchan sus toses, sus escupitajos,
se oyen sus estornudos
y son ronquidos a deshoras.
Tiene la costumbre de entrar en su cuarto,
separado por un muro del mío,
a las 1 y 40 todas las noches.
Se queda hablando con su hija
un rato en la habitación,
golpea el interruptor para dar la luz
con la vehemencia de una maestra de ajedrez
que jugara una partida rápida,
y cierra las persianas con la dureza
de una dueña que cerrara
al final del día la cancela de su comercio.
En nuestras conversaciones de muro,
pues no tuvimos que hacer las presentaciones,
la llamo señora y le recuerdo la hora que es,
y la cercanía con la hora de despertarse.
Soy consciente de mis mil alarmas,
y de mis reuniones a las 9:10 de la mañana
con cascos y con el ordenador en la habitación-dormitorio,
mientras el muro - frontera
de todos los mundos que nos albergan
y que se pueden compartir.
Esa señora del otro lado del muro me hace mirar
con ciertos ojos retrospectivos a la figura
de una octogenaria hipotética
que ya no existe.
Madre, aunque sigas siendo una figura borrosa
en el recuerdo, una suerte de holograma
que la psicodelia remodela con luces multicolor,
tu distancia siempre elegante,
tus atalayas inexpugnables
se resumen en la estructura de los vasos comunicantes,
en esta nueva peripecia y diálogo de muro.
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