Uno no está del todo perdido
si no ha cedido todo el terreno
sobre el campo de juego,
si no ha vendido a precio de saldo
su trozo de mundo,
que hasta ayer no estaba en venta,
si no ha claudicado y entregado sus armas,
metafóricas o de facto.
Aceptar la moral del invasor
como propia,
es un proceso forzoso
al que nos vemos conducidos
por circunstancias históricas.
El invasor no siempre es un ejército,
y el que sufre las consecuencias,
no es siempre un pueblo soberano.
El invasor es todo ente que coarta y cohibe nuestro ser,
toda estructura que nos confina y delimita,
todo mecanismo coercitivo,
toda forma de alienación.
Incluso aquellos momentos de la historia
en los que el pueblo creyó vencer,
estaba siendo engañado,
porque una cúpula de aventajados
controlaba el poder,
y se llamaban estado,
tratando a la gente común como rebaño.
Creo todavía en que hay esperanza,
y en que hay grandes seres humanos.
En la capacidad que tienen estos
de organizarse y construir juntos pequeños avances
para el bienestar propio y de los demás.
Sin embargo,
dudo mucho sobre la idea de que alguna ideología dominante
nos redima y nos salve.
La redención no la trae un sistema de creencias,
sino el estar conforme con uno mismo,
sin importar demasiado
el hierro que nos golpee
o la bota que nos pisotee.
Cuando éramos niños creíamos
que "el abusón del recreo" era el triunfador.
Crecimos en entornos donde la violencia estructural
estaba presente y acatábamos a rajatabla
las consignas del pequeño invasor.
Llevamos contemplando invasiones toda la vida. Incluso
alguna habremos perpretado. Invasión del espacio, de la privacidad,
invasión tras invasión.
Por ello, es normal que tras una invasión programada
surja tanto arte: pues es el antídoto: la evasión.
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