Maternidad - Motherhood

Sí, tengo que reconocerlo. 

Me dan envidia todos aquéllos que tienen a una madre

a la que querer y visitar.

Será porque hace muchos años que echo de menos a la mía, 

y ya van dieciocho.

En el paseo nocturno del que acabo de regresar 

recordaba los últimos instantes de la vida de mi madre. 

Bueno, corrijo:

Instantes posteriores a sus últimos instantes. 

La soledad de la estancia,

la neutralidad del acto. 

La vida se extingue como un número se multiplica por 0.

Esto me hace pensar en que este artefacto sobre el que escribo sirve para 

ajustar cuentas con mi interior. ¿Acaso es un poema?

Pablo, dicen que escribes. 

Pero... ¿Son ésto poemas?

No se preocupen, no vine a dar pena ni lástima, 

pero deseo hacer una travesía sobre mi oscura noche del alma

con permiso de San Juan de la Cruz. 

Creo que nací a las tres de la tarde 

pero, en cierta forma, 

vine al mundo a oscuras. 

Sin pasear, caminé por una ciudad nocturna, 

sorteando el recelo y la convención, 

dándome de bruces con la tradición,

asistiendo al tabú impuesto y a la clausura del convento. 

Hay familias que guardan en el desván 

sus secretos leves y los graves

se recluyen en armarios bajo mil llaves.

El honor, la reputación, el qué dirá la gente, ya sabe usted... 

Las calles eran un útero que me rechazaba, 

antes de nacer pero que se disponía 

a que yo viera la luz siguiendo la estela de un sistema de creencias 

concreto. ¿Hipótesis o anatema?

Años pasaron y aprendí a ser pasajero de autobús, 

caminante cuando tocaba y niño querido por tantos

que no necesitaban fingir que hacían su trabajo de proveer. 

La educación emocional era la que había 

y vivíamos los asuntos en silencio sin comunicarnos demasiado.

Reprimíamos emociones, y se enquistaban. 

Éramos vasos que acabaríamos rebosando cuando llegáramos a nuestro límite y así... 

Lo hicimos. 

La travesía por la lóbrega existencia 

nos abrumaba, nos presionaba y nos hería. 

Como supervivientes de una gran catástrofe nos 

agarrábamos a listones de madera móviles 

o clavos sobre el yunque ardiente. 

Claudicábamos, antes de comenzar.

Pero continuábamos, ofreciendo la cara para ser golpeados. 

Aprendimos a protegernos de los envites ajenos.

Los golpes duros de Vallejo, nos hicieron fuertes.

Pero ahí no residía nuestra mayor fortaleza. 

Eso vino luego, cuando conocimos los verbos aceptar y soltar.




Comentarios