La venganza no es necesaria.

La venganza no es necesaria 

cuando la palabra está dicha. 

La venganza es otro conflicto egoico, 

pues nos aleja de la conciencia y nos hace 

tropezar de nuevo contra el fracaso de una relación 

con el otro, imagen sobre el espejo. 

Por eso, los telegramas y los mensajes oficiales 

nos conducen a la paz, nos liberan.

Se dicen cosas, se adornan posiciones, 

se maquilla el rostro maquillado ya de por sí 

y se establecen nuevas rutas. 

La percepción de injusticia también proviene del ego. 

Es el ego el que determina si nuestro resultado es favorable 

o desfavorable, 

en función de la cantidad de dopamina,

en función del tamaño de la recompensa. 

Hay una victoria más profunda: 

Que es la de la conciencia pura. Limpiarnos de toda maldad,

de toda sugerencia del ego de invadir, atrapar o someter. 

Pero tampoco caigamos en el acto de invadirnos, atraparnos o someternos.

Fluir, como río, manantial, fuente clara. Nadar en aguas termales.

Lejos de la rutina, del artefacto mecánico de las ciudades. 

Del estrés del patrón o del operario. 

Volver sanados, y renovados, 

calmar al niño herido que habita en nuestro interior,

despertar como el elefante drogado al que le han arrancado 

el marfil de sus colmillos. 

Amputados, nuestros órganos no vuelven, pero caminamos

con la moral del corredor de fondo.

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