La sala es un desierto de certezas,
un café solo casi acabado, el primer tomo
de unas oposiciones sobre la mesa,
las llaves esperando a ser agarradas
rumbo a la travesía del final del día.
Atleta urbano: Correr tres calles en cuesta,
respirar a pleno pulmón
después de un día de trabajo.
Crónicas de internet, de aquí y de allá,
mensajes que no empuñan
las siglas S.O.S.
pero casi las dejan entrever
como la portada de un nuevo magazine,
de tendencia posmoderna.
Contra el asfalto, el mecanismo reactivo
de unas piernas que se mueven
con la técnica ajustada.
Un cuerpo que se va sintiendo no tan joven
y que renueva el espíritu con una vuelta
de tuerca más
hasta volver jadeando.
He llegado a este punto del camino,
fonda y posada de entre-caminos,
y no me voy a rendir.
No lo haré por cuestiones bastante
prosaicas y por otras que no lo son tanto.
No hace falta crear enemigos
para motivarse.
Mi pensamiento no es único
y, cada día, me molesta más
que me intenten imponer consignas.
Rebeldía. Alma rebelde que
forja el verso insurgente.
Que milita en causas,
que combate la desidia del ambiente.
Todos los iconos nos han traicionado.
Todos dijeron ser
y escribieron grandes discursos
para copular y lo sabéis.
Nunca seré pero ya he sido:
la mosca cojonera
cuyo verso ha rebatido,
tanta mierda que existe
en este puto planeta
cuya especie más avanzada
tiende hacia su total autodestrucción.
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