Lasciarè questa stanza, ma non so quando.
C'è vita oltre queste mura?
Morirò, ma non so quando.
Per questa ragione, devo continuare a vivere.
Oggi, qualcuno mi ha ucciso.
Qualcuno mi ha ucciso. Sono questo qualcuno. Svegliarò
Desposeído de todas las máscaras,
he llegado a esta última habitación
y nos hemos confrontado
en un fuego de lenguajes cruzados,
de boxeo sin manos
donde predomina la honesta música
de algunas verdades.
La palabra precisa,
la bala disparada por un adjetivo.
Consigo erguirme, tras morir un'altra volta.
Mi corazón custodiado por múltiples cerrojos
choca contra un muro.
Tras el artefacto de todo un ensamblado de piezas
y de años
aparece el rostro desnudo y repentino del amor:
Un niño que se siente indefenso y desatendido,
que busca la atención.
Un fugitivo que huye de sí mismo
porque no tiene calma para soportarse.
Una lágrima que cae sobre otra lágrima.
El narcótico de una reacción química cerebral.
El metal que se oxida tras la lluvia.
Canciones tristes y tableros antíguos
donde hay
un caballo de ajedrez que se estrella contra
una estructura de peones
y un alfil que destroza el ego de una torre maltrecha.
Tras la hecatombe, sucede el milagro y no es providencial
ni divino: Se acepta la realidad como es,
un laberinto en el que todos somos extranjeros,
trenes que se suceden equidistantes
en direcciones similares.
Sin jardines, sin centinelas, sin estatuas,
sin piruetas de ningún amo.
Se acepta la vida como un viaje experimental
en el sentido de Pessoa,
un tránsito luminoso (o no) que nos permite iluminar (o no)
nuestra sombra.
Agua fría contra el rostro desnudo del amor,
que ha de ser discutido,
para poder vestirse con nuevas ropas.
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