Quizás todos desconocemos
el viaje sentimental del otro.
Sentados como oyentes de una conversación anodina
en una terraza de verano,
deshojamos la tarde
de tedio
y vemos pasar el tiempo
como un tren lento que tomáramos
con destino a ninguna parte, desde Atocha.
Hay césped en el jardín.
Hay balcones que albergan macetas y
el tigre está dormido.
Cuando despierta,
ruge y declara suyos
los cielos de Madrid, la atmósfera de la sierra
y las torres de Avenida de América.
Todo le pertenece. Todos le pertenecen.
Pero no se pertenece a sí mismo.
El tigre sucede a un niño cuya herida no la arreglan
grandes palacios, azoteas repletas de luz
y vacaciones familiares en Francia.
Una terraza de verano,
es un continente junto al puro asfalto,
pegado al adoquín cotidiano:
ese que pisotean los viandantes
con su caminar desangelado.
Asimismo, puede ser una coartada,
un bálsamo,
un salvoconducto,
una isla efímera
que no está financiada por ningún banco ni aseguradora.
La industria necesita guerras
para poder grabar después
montones de películas y auto-complacerse.
Pero no es tan efímera la conciencia.
Corramos
antes de que venga el gran estallido,
y no estemos bajo resguardo.
Amemos
al otro aunque no se lo merezca:
Amar en estas condiciones
es transigir con la propia sombra. ´
Dicen que amar es combatir.
Combatir, ¿para qué?
Combatir sin un fín es ridículo y es carente de significado.
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