Mis carnes están blandas tras la enésima batalla.
Me falta todo en este martes de incertidumbres.
No tengo el arrojo ni soy un irresponsable, un ser que persiste en el error, como en el pasado.
En mi interior reside todo: puedo encontrar al sonido del trinar de los pájaros, a la luz intensa en un sol que ahora agobia y al viento que no mueve el agua de un estanque artificial, pues lo hace un motor.
Me pitan los oídos. Alguien hablará mal de mí, dice la leyenda. Pero qué más da, dice la lógica.
Los coches rugen como pequeños tigres de hojalata.
Chalés adosados pueblan la zona cercana a la estación.
Todo consiste en una calma tensa en la que consolar a la voz de un niño que sigue llorando, sin motivo aparente porque la vida para él está hecha de martillos y yunques.
La oración con sujeto en tercera persona es un intento de poner distancia, una forma de adoptar la posición del espectador de un proceso.
De inmediato, me es difícil encontrar a ese otro yo en el verso frío y metálico. Qué hacer cuando las puestas de sol no alivian pero mejor así.
Un paisaje no debería de ser un narcótico contra el dolor que provoca el acto de vivir.
Sigo llorando - entre dos siglos - y abandono el veinte.
Siempre me gustaron más los números impares, por esa capacidad que los hace casi singulares, únicos, apreciados, distinguibles.
Aparece el tren en el andén.
Resarcido de anteriores etapas, subo al tren.
Y no necesito parecer ser.
La apariencia es una foto de portada de una revista de gran tirada y no hemos salido en ella. Somos aquellos que no fueron invitados a la gran fiesta porque nuestro gran hallazgo
es que poco importan los aplausos del gran público,
la alfombra roja
o las mentiras azucaradas que conducen al éxito,
pues el gran triunfo es sobrevivir y ser justos con los demás.
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