Reverencias

Siempre se me dieron mal las reverencias, 

lo reconozco. 

Jamás entendí una artificiosa adhesión 

a la causa del otro.

Es un sinsentido, lo sé,

ya que después me preguntaba 

por qué el resto no se unía a mis mociones,

siendo tan personalistas como las del otro.

El otro, la imagen deformada sobre el espejo, 

el lado oscuro que no estoy dispuesto a aceptar,

pero que está ahí, latente, 

como un volcán dormido, a punto de explotar. 

Siempre se me dieron mal las reverencias, 

la adulación gratuita, 

la palabra fácil del trepador, 

que aspira a heredar un cortijo o una empresa, 

a sabiendas que no está bien colocado 

en ninguno de los dos objetivos. 

Con la inocencia del deportista amateur,

que cree en la bondad del adversario,

he golpeado mi frente contra robustos 

muros de codicia y ambición, 

he construído 

paredes en las que llorar sin ser visto. 

A pesar de todo, conozco la ley del far west

la de los pistoleros de leyenda,

buscadores de tesoros, 

constructores de franquicias del pensamiento,

gentes que hacen su agosto 

sirviendo cócteles en barra libre,

en fiestas con jardín, piscina y animadores infantiles. 

He visto comerciales de empresas de informática 

vendiendo sus productos 

a directores de centros de enseñanza

y elevando el software a la categoría 

de indispensable.

He visto la degradación de la sociedad 

en las aulas,

y la gran melancolía que implica 

el no poder hacer gran cosa,

porque el cliente se levanta de la mesa

y no paga la cuenta.

Sin embargo, sigo sin hacer reverencias. 

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