Granada en esencia

Lejos de mí. 

A deshoras, la nostalgio. 

La ciudad que fue ayer

no es la ciudad que es hoy

aunque mantenga su esencia 

de palacio lento

y costumbrismo aldeano.

Cofradías de hombres y mujeres baldíos

que profesan su pseudo-religión.

Primavera. Vino tinto y taberna. 

Recogimiento interior. Ribera del Genil. 

La soledad que me acompaña aquí,

en mi barrio de Madrid,

me acompañaría allí,

pues nacemos, vivimos y morimos sin compañía,

siendo nuestra primera y última morada, 

habitación que hemos de airear para que se ventile, 

tormenta y viento frío,

calor tras el rayo. 

De Granada 

extraño pasear por ella,

sentarme en una cafetería y charlar 

con alguien que nos conoce de casi siempre 

y con el que el tiempo y la ocasión 

no son algo negociable. 

Por eso, suelo elegir mi propia compañía

porque pedirle a los demás 

semejante favor 

en estos años urgentes que corren

sería como balbucear un insulto. 

Es que éste, nuestro mundo materialista, 

es uno en el que 

la gente opta por lo sencillo, lo manejable

y ello lo extrapola a las relaciones humanas. 

Dicen que no estamos enfocados, ni vivimos 

en la esencia que la ciudad 

ya tiene, 

que también influye la energía que proyectamos,

la paz que desprendemos,

pero yo estoy en la línea de Tolstoi 

cuando afirmaba en //Anna Karenina//

que el interés es una fuerza de mayor intensidad que el amor,

y también algo más duradero. 

En el escaparate de las calles principales,

todos quieren aparecer lo más guapos posible 

en la foto. 

Reeditar éxitos, mantener posiciones seculares, 

ser nombrados virreyes 

de algún imperio,

poseedores de todas las llaves del castillo. 

Esta forma de ser no va conmigo.

Pues mi objetivo es subsistir, resistir y, 

en cualquier caso, 

seguir construyendo mi camino

de acuerdo a principios sólidos 

sin necesidad de tener que contarlos. 

Por eso, me aburres y desconsuelas, Granada.

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