Plaza de San Amaro

Un domingo o un día cualquiera,

cerca de la Iglesia en la plaza de San Amaro,

distrito de Tetuán,

las gentes del barrio se agolpan 

haciendo una cola inmensa 

cuya geometría alabeada,

recuerda a las curvas características de un mosaico. 

En el crisol se pueden distinguir 

miembros del proletariado en paro,

subproletarios y selectos socios del club del hampa local,

que trabajan en la industria de los bajos fondos,

en el mercadeo de drogas que circula por el barrio

y en la red de pisos clandestinos 

en las que las mafias controlan 

a las prostitutas mediante elegidos proxenetas,

además de miembros de las casas de apuestas

que fueron despedidos por hacer trampas en la caja,

o porteros de prostíbulos 

que se pelearon con el último cliente 

de las cinco de la mañana.

Se abre la puerta trasera de la Iglesia:

En escena aparece un hombre gris que

le guiña un ojo a una mujer mulata. 

Se llama Cristian, tiene el pelo repeinado hacia atrás,

lleva un móvil caro y en vez de parecer 

un cura obrero 

parece uno de esos señoritos 

que bebe copas de balón en los bajos de Azca 

al atardecer antes de ir al palco VIP del Bernabeu,

previa visita al camello de turno

que le proporciona la "farinha" necesaria.

Acto seguido, 

pasa a la acción y le ordena a sus esbirros,

todos "voluntarios de gran corazón",

que coloquen las cajas de alimentos sobre 

grandes bateas de madera 

apostadas contra el suelo.

Ordena el cotarro 

como el capataz que pega latigazos en el invernadero

en pos de otra acción nuevamente humanitaria.

Los entrevistados 

discurren:

"Al menos nos dan de comer". 

En este lugar, a escasos metros, del centro financiero y tecnológico

de la gran ciudad, junto a los juzgados de plaza de Castilla,

las torres KIO, las cuatro torres,

el laberinto podrido de Tetuán,

levanta el hedor de la cañería de esta civilización 

a su enésima potencia. 

No hay llave inglesa que lo arregle

ni "selfie con las mulatas" 

del benefactor Cristian,

que lo solucione. 

Tras repartir sus cestas de comida

se toma un pincho en el bar de la esquina

y entra en el prostíbulo más cercano

a saludar

a una de las mujeres con las que acaba de fotografiarse.

La rueda continúa girando. 


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