Granada ruína, bella y podrida

 Ayax y Prok 

Mi barrio huele a widow 

(...) Graná ruína, bella y podría

Ya lo dice el poeta urbano,

esta ciudad es un desastre,

y tras su belleza escondida y manifiesta, 

guarda toda una crónica negra

cimentada sobre la putrefacción 

de todo un sistema corrupto de siglos. 

¿Cuál es el fotograma al que hemos de volver 

para que el agua de la acequia 

no se quede estancada?

Cuando era niño veía a otros de mi edad 

caminando por las calles,

sin rumbo aparente. Sus padres los lanzaban 

para buscarse la vida, para así con sus trapicheos

poder llevar a la tarde algún sustento a casa. 

La Granada de mi infancia no era una ciudad fenomenal

ni mágica. Estaba llena de travesías oscuras 

que podían conducirte a la muerte 

si te descuidabas. El yonki de cerca de la muralla

que te apuntaba con su jeringuilla usada,

el ladrón en la cuesta con la navaja,

la moto en marcha que reventaba bolsos de señoras

mayores cerca de la Plaza de los Lobos. 

Maldita droga. 

En la contrapartida, era una ciudad sin parques. 

No había entornos domesticados para el uso civilizado

y acotado. 

La ciudad era el lugar de juegos.

Las placetas se llenaban de la chavalería al terminar 

el colegio mientras yo estoicamente 

regresaba en el autobús a casa

a ver la televisión y hacer mi tarea.

No había barrio ni amigos.

Porque la escuela estaba en otro barrio

y en el mío apenas tenía dos conocidos:

el hijo del carnicero y su mejor amigo.

Chicos con los que compartía juegos 

pero nada más que eso.

En el único parque que recuerdo, el de Fuentenueva,

siempre había un guardia antipático

que regañaba a las señoras con hijos

cuando jugaban a la pelota. 

Cuando todo era aburrimiento y tedio

siempre había un libro que leer. 

Creo que nunca debieron regalarme una televisión 

por mi comunión. 

Me envilecí más todavía, porque la puse en mi cuarto.

Allí en mi adolescencia, aprendía

mal la educación sexual 

viendo películas del destape 

y los shows eróticos del Tele 5 de Berlusconi. 

En la vida cotidiana y en las noticias los poderes fácticos siempre estaban presentes: 

La policía, el ejército, el clero, la cámara de comercio

y la imagen de una enorme familia:

amalgama, laboratorio social contínuo

desde el que aprender a relacionarnos con el mundo.

La plutocracia les conmueve.

La Granada de Semana Santa,

exhibía su clasismo a raudales y 

hay que celebrar que en esas épocas

aprendimos a beber el vino de las tabernas

- demasiado pronto - siguiendo los caminos de Antonio 

Machado.

Por si faltara algún detalle:

Los veranos en la costa de Granada

eran la crónica de una relación madre-hijo frustrada,

porque ella quería hacerme convivir a la fuerza 

cuando durante el año se dedicaba a sus asuntos

y estaba en sus propias tragedias.

Años después y

con pocos horizontes, el lugar nos mostraba, como a tantos, la puerta de salida

y, nos ponía, la maleta en el andén de la estación. 

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